¿Ves aquel clavo grande a la derecha de la puerta de entrada? Todavía me da tristeza mirarlo, y, sin embargo, por nada del mundo lo quitaría. Me complazco en pensar que allí estará siempre, aun después de mi muerte. A veces oigo a los vecinos que dicen: «Antes allí debía de colgar una jaula». Y eso me consuela: así siento que no se le olvida del todo.
...No te puedes figurar cómo cantaba. Su canto no era como el de los otros canarios, y lo que te cuento no es sólo imaginación mía. A menudo, desde la ventana, acostumbraba observar a la gente que se detenía en el portal a escuchar, se quedaban absortos, apoyados largo rato en la verja, junto a la planta de celinda. Supongo que eso te parecerá absurdo, pero si lo hubieses oído no te lo parecería. A mí me hacía el efecto que cantaba canciones enteras que tenían un principio y un final. Por ejemplo, cuando por la tarde había terminado el trabajo de la casa, y después de haberme cambiado la blusa, me sentaba aquí en la varanda a coser: él solía saltar de una percha a otra, dar golpecitos en los barrotes para llamarme la atención, beber un sorbo de agua como suelen hacer los cantantes profesionales, y luego, de repente, se ponía a cantar de un modo tan extraordinario, que yo tenía que dejar la aguja y escucharlo. No puedo darte idea de su canto, y a fe que me gustaría poderlo describir. Todas las tardes pasaba lo mismo, y yo sentía que comprendía cada nota de sus modulaciones.
domingo, 9 de agosto de 2015
sábado, 8 de agosto de 2015
FRASES DE BERTRAND RUSSELL (1872- 1970)
Los científicos se esfuerzan por hacer posible lo imposible. Los políticos por hacer imposible lo posible.
¿Para qué repetir los errores antiguos habiendo tantos errores nuevos que cometer?
Lo más difícil de aprender en la vida es qué puente hay que cruzar y qué puente hay que quemar.
Bertrand Russell, filósofo, escritor y matemático galés, es considerado junto con Gottlob Frege como uno de los fundadores de la Filosofía analítica y cuyo énfasis en el análisis lógico repercutió hondamente en el curso de la filosofía del siglo XX.
¿Para qué repetir los errores antiguos habiendo tantos errores nuevos que cometer?
Lo más difícil de aprender en la vida es qué puente hay que cruzar y qué puente hay que quemar.
Bertrand Russell, filósofo, escritor y matemático galés, es considerado junto con Gottlob Frege como uno de los fundadores de la Filosofía analítica y cuyo énfasis en el análisis lógico repercutió hondamente en el curso de la filosofía del siglo XX.
viernes, 7 de agosto de 2015
UN CUENTO DE AVANZADA
UN CUENTO SOBRE UN CUENTO Y SU AUTORA
NOTA SOBRE LA AUTORA: Lee Ann Braderhurst, que nació en Filadelfia en 1901, fue una mujer demasiado adelantada para su época. Amó a Roderick Gaynes, 15 mayor que ella, desde que tenía 14 años. Tras un largo y tormentoso romance, se casaron al cumplir ella 15 años. Su matrimonio duró poco, apenas 24 años. Cuando se divorciaron, él se fue a vivir con su papá, y ella marchó al frente como Corresponsal de guerra para un importante periódico neoyorkino. Desde el frente escribió crónicas inolvidables, con un innegable toque femenino que seducía a sus lectores, quienes se contaban por millares. A partir de esa época, escribió también cuentos, novelas, ensayos, y un drama en 28 actos, el cual, incomprensiblemente, ningún empresario quiso montar nunca. Murió muy joven, a los 42 años, víctima de una violenta cirrosis hepática, que contrajo a causa de su inamovible costumbre de beber varios litros de leche con cacao y crema, por día.
Reproducimos aquí uno de los cuentos que integran un libro recientemente publicado y en el que se trasluce su indiscutible estilo cáustico, melindroso, y, por momentos , groseramente sutil.
EL DESEO
Eileen y yo hemos hablado mucho de este tema. Lo hemos conversado hasta quedar exhaustas. Ambas deseamos intensamente hacerlo. Cada vez que pensamos en ello, una especie de escalofrío nos recorre la médula y nos cosquillea en la piel. Pero siempre hay una mano invisible que nos detiene en el momento justo, y nos quedamos en el umbral.
Reproducimos aquí uno de los cuentos que integran un libro recientemente publicado y en el que se trasluce su indiscutible estilo cáustico, melindroso, y, por momentos , groseramente sutil.
EL DESEO
Eileen y yo hemos hablado mucho de este tema. Lo hemos conversado hasta quedar exhaustas. Ambas deseamos intensamente hacerlo. Cada vez que pensamos en ello, una especie de escalofrío nos recorre la médula y nos cosquillea en la piel. Pero siempre hay una mano invisible que nos detiene en el momento justo, y nos quedamos en el umbral.
LA PLANTITA
Cuando mi sobrino Eufemio, que vivía conmigo, cumplió 20 años, estábamos a 28 del mes y yo no cobraba hasta el 5 del siguiente. Así que me fui hasta un vivero japonés de la otra cuadra, muy barato, porque yo sabía que a él le chiflaban las plantas.
De entrada, nomás, la vi y me atrajo. Era una hermosa y exótica plantita, cuyo cartelito rezaba un nombre en latín que no me dijo nada, y un nombre en japonés que me dijo menos. Pero más abajo decía "1 $" , y eso sí lo entendí.
Eufemio se puso tan feliz cuando la vio, que mi conciencia culposa tuvo que callarse la boca.
La plantita era roja y tenía zonas tan mórbidamente aterciopeladas, que invitaban a tocarla. Pero cuando Eufemio la tocó, ella le mordió el dedo. Suavemente , debo reconocerlo. Y en ese momento vimos la verdad , la exótica verdad : era una planta carnívora. Eufemio, a estas alturas, estaba totalmente subyugado. Colocó a la maravilla botánica en un sitio de honor en el patio, y comenzó a alimentarla con hamburguesas, asado con cuero, y pollo al horno. Ella, chochísima , se comía todo. Claro que, a veces , se empachaba. Pero él había aprendido a tirarle del cuerito de una bolsita que ella tenía en el tallo, y enseguida se ponía bien.
Cuando llegó el frío, él la llevó al living y la colocó junto a la mesita de los retratos de la familia.
De entrada, nomás, la vi y me atrajo. Era una hermosa y exótica plantita, cuyo cartelito rezaba un nombre en latín que no me dijo nada, y un nombre en japonés que me dijo menos. Pero más abajo decía "1 $" , y eso sí lo entendí.
Eufemio se puso tan feliz cuando la vio, que mi conciencia culposa tuvo que callarse la boca.
La plantita era roja y tenía zonas tan mórbidamente aterciopeladas, que invitaban a tocarla. Pero cuando Eufemio la tocó, ella le mordió el dedo. Suavemente , debo reconocerlo. Y en ese momento vimos la verdad , la exótica verdad : era una planta carnívora. Eufemio, a estas alturas, estaba totalmente subyugado. Colocó a la maravilla botánica en un sitio de honor en el patio, y comenzó a alimentarla con hamburguesas, asado con cuero, y pollo al horno. Ella, chochísima , se comía todo. Claro que, a veces , se empachaba. Pero él había aprendido a tirarle del cuerito de una bolsita que ella tenía en el tallo, y enseguida se ponía bien.
Cuando llegó el frío, él la llevó al living y la colocó junto a la mesita de los retratos de la familia.
miércoles, 5 de agosto de 2015
YO QUIERO SER JOSEFINA
Este post está inspirado en el cuento de Iris Rivera, que figura más abajo. Si no lo has leído aún, convendría que lo leyeras antes que esto.
Cuando leí La llave de Josefina, de Iris Rivera, supe que yo ya era Josefina. Que cada vez que leía la historia lo era, y que lo era leyendo otras historias, pero sobre todo era Josefina cuando escribía.
Este hermoso cuento nos dice con brevedad y maestría cuál es la tarea del escritor.
¿Qué hacemos cuando queremos contar una historia sino abrir y ver qué hay?
Luego elegimos, vemos qué queremos, qué podemos, por qué una cosa y no otra, y cómo lo haremos.
Qué linda manía tiene esta nena de ir abriendo todo lo que encuentra y después contarnos qué ve, qué siente, qué descubre.
De entrada nos habla de la paciencia el texto.
Hay gente que no tiene paciencia para leer historias.
Hay gente que en esta parte ya se aburrió y prendió la tele.
Porque este texto también nos habla de la lectura. De una propuesta de lectura. Una propuesta que incluye el saber esperar, la idea de un tiempo en el que algo ocurrirá. Y el texto como la ruta para llegar hasta ahí.
Y principalmente que no existe una escritura sin una lectura, no hay posibilidad de contar nada sin leer.
Cuando leí La llave de Josefina, de Iris Rivera, supe que yo ya era Josefina. Que cada vez que leía la historia lo era, y que lo era leyendo otras historias, pero sobre todo era Josefina cuando escribía.
Este hermoso cuento nos dice con brevedad y maestría cuál es la tarea del escritor.
¿Qué hacemos cuando queremos contar una historia sino abrir y ver qué hay?
Luego elegimos, vemos qué queremos, qué podemos, por qué una cosa y no otra, y cómo lo haremos.
Qué linda manía tiene esta nena de ir abriendo todo lo que encuentra y después contarnos qué ve, qué siente, qué descubre.
De entrada nos habla de la paciencia el texto.
Hay gente que no tiene paciencia para leer historias.
Hay gente que en esta parte ya se aburrió y prendió la tele.
Porque este texto también nos habla de la lectura. De una propuesta de lectura. Una propuesta que incluye el saber esperar, la idea de un tiempo en el que algo ocurrirá. Y el texto como la ruta para llegar hasta ahí.
Y principalmente que no existe una escritura sin una lectura, no hay posibilidad de contar nada sin leer.
LA LLAVE DE JOSEFINA
Hay gente que no tiene paciencia para leer historias.
Acá se cuenta que Josefina iba caminando y encontró una llave. Una llave sin dueño.
Josefina la levantó y siguió andando.
Seis pasos más allá encontró un árbol. Con la llave abrió la puerta del árbol y entró. Vio cómo subía la savia hasta las ramas y subió con la savia.
Y llegó a una hoja y a una flor. Se asomó a la orilla de un pétalo, vio venir a una abeja y la vio aterrizar.
Con la llave, Josefina abrió la puerta de la abeja y entró.
La oyó zumbar desde adentro, conoció el sabor del néctar y el peso del polen.
Y voló hasta un panal.
Acá se cuenta que Josefina iba caminando y encontró una llave. Una llave sin dueño.
Josefina la levantó y siguió andando.
Seis pasos más allá encontró un árbol. Con la llave abrió la puerta del árbol y entró. Vio cómo subía la savia hasta las ramas y subió con la savia.
Y llegó a una hoja y a una flor. Se asomó a la orilla de un pétalo, vio venir a una abeja y la vio aterrizar.
Con la llave, Josefina abrió la puerta de la abeja y entró.
La oyó zumbar desde adentro, conoció el sabor del néctar y el peso del polen.
Y voló hasta un panal.
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